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Este cambio de hábito permitirá mejorar el sueño, bajar de peso y reducir el riesgo de tener cáncer

Especialistas explican cómo la frecuencia del consumo de alcohol produce un impacto inmediato en la salud.

Este cambio de hábito permitirá mejorar el sueño, bajar de peso y reducir el riesgo de tener cáncer

Una reciente encuesta realizada en el Reino Unido en el marco de la campaña 'Drink Free Days' ('Días sin beber', en español) ha revelado que uno de cada cinco adultos excede las recomendaciones médicas para el consumo de alcohol, mientras que más de dos tercios de ellos encuentran más difícil reducir el consumo de bebidas alcohólicas que mejorar su dieta, hacer más ejercicio o fumar menos cigarrillos, informa el sitio web del Departamento de Salud y Cuidado Social británico (DHSC).

Los especialistas de la salud destacaron que las personas de entre 45 y 65 años son las más propensas a exceder el límite semanal de las 14 unidades alcohólicas recomendado y urgieron a los bebedores de mediana edad a introducir días libres de alcohol para preservar su salud, recoge Independent.

Al implementar los días de abstinencia —en especial si son dos días consecutivos— ayudarán a mejorar la calidad del sueño y permitirán reducir el riesgo de padecer de problemas del corazón y sobrepeso, así como enfermedades hepáticas y oncológicas, además de evitar la hipertensión.

Comer pescado reduce el riesgo de mortalidad cardiovascular

Ingerir entre 2 y 4 raciones semanales, disminuirá en un 21% los peligros de muerte


Una ingesta de pescado de entre dos y cuatro raciones semanales reduce un 21 por ciento el riesgo de mortalidad por enfermedad coronaria, según un estudio de la Universidad china de Zhejiang destacado por la doctora Edel O. Elvevoll en su intervención en la V Conferencia Internacional de ARVI sobre el futuro de la pesca, enfocada en esta edición en los beneficios del consumo de pescado en la prevención de las enfermedades cardiovasculares, el cáncer y la obesidad.

De acuerdo con los resultados del estudio que ha citado Elvevoll, decana y profesora de Ciencias de la Alimentación Industrial en la Facultad de Ciencias de la Vida, Pesca y Economía, UiT, de Tromso (Noruega), la proporción entre el consumo de pescado y la reducción del riesgo de mortalidad por enfermedades coronarias es «directa».

Este análisis, llevado a cabo en 2012 entre más de 315.000 personas, mostró, en el caso de un bajo consumo de pescado (1 porción/semana), una reducción del 16 por ciento en el riesgo de mortalidad por cardiopatía coronaria. Este índice subió hasta el 21 por ciento para un consumo moderado (2-4 porciones de pescado/semana), y del 17 por ciento en casos de consumo alto (5 porciones/semana).

La científica noruega también ha hecho referencia a los beneficios del pescado para el desarrollo neurológico del recién nacido y del lactante, y ha manifestado que la ausencia de pescado en la dieta de las mujeres embarazadas «enfrenta al feto a un mayor riesgo cardiovascular».

Durante la jornada también se ha analizado el impacto que tiene consumir pescado en la prevención de ciertos tipos de cáncer y la obesidad. Así, Mariette Gerber, científica senior del Instituto Nacional de Salud e Investigación Médica francés (INSERM), ha realizado varios estudios sobre este consumo en la prevención del cáncer colorrectal, de próstata y de mama y ha destacado la «limitada relación» entre los ácidos grasos de los productos pesqueros y el cáncer.

Según Gerber, «aunque no se puede determinar la reducción del riesgo de cáncer por consumo de pescado, debido a las dificultades que plantean los métodos epidemiológicos, la probabilidad es alta en casos de cáncer colorrectal y de mama». «La posibilidad de padecer cáncer de mama o colorrectal es menor en los consumidores de dieta Mediterránea. En el caso del cáncer de próstata, no hay evidencias debido al menor número de estudios», ha destacado la experta.

Abandono de las dietas atlántica y mediterránea

Por su parte, la doctora Rosaura Leis Trabazo, coordinadora de la Unidad de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica del Hospital Clínico Universitario de Santiago, ha abordado la DietaAtlántica/Estrategia NAOS y los aspectos saludables del pescado. «La obesidad, la gran pandemia mundial, es el trastorno nutricional y metabólico más frecuente en la edad pediátrica, y presenta en Europa una variación positiva Norte-Sur, probablemente en relación con el abandono de las dietas tradicionales saludables, Mediterránea y Atlántica, especialmente por parte de los más pequeños», ha indicado.

En su opinión, de seguir estos datos como hasta ahora, los niños «van a vivir menos que sus padres y/o que sus abuelos y con peor calidad de vida». «Además, los costes derivados de la asistencia a esta patología pueden llegar a poner en riesgo la persistencia del sistema sanitario», ha añadido.

Por último, el doctor Ángel Gil Hernández, catedrático del Departamento de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Granada, que ha resaltado que la incorporación del pescado graso a las dietas puede contribuir «de forma moderada» a la reducción del peso corporal, del índice de masa corporal, «especialmente a la disminución de la circunferencia de cintura», así como «una reducción del colesterol total».

La V Conferencia ARVI también ha contado con la video-intervención inicial de la doctora María Neira, directora del Departamento de Salud Pública, Medio Ambiente y Determinantes Sociales de la Salud de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que ha aprovechado su saludo para poner sobre la mesa las dificultades de acceso al consumo de pescado.

«Las barreras comerciales, de precio, hacen que no aumente ese acceso al consumo de pescado. A veces los productos procesados son más asequibles desde el punto de vista del precio y de la facilidad para comprarlos que los productos frescos», ha lamentado, por lo que propone estudiar los «factores culturales y educacionales» que hacen que, en ciertas franjas de edad, los niños, se rechace el pescado.

abc.es

La prueba que dice qué hora es dentro de tu cuerpo

A través de un sencillo test de sangre, un algoritmo analiza el funcionamiento de 40 genes y predice el tiempo biológico. Esto permitirá estudiar la relación entre enfermedades y biorritmos y ajustar los tratamientos al tiempo de cada persona.

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¿Ha experimentado usted el jet lag? ¿Al cambiar su horario siente malestar y cansancio? Si alguna vez le ha ocurrido algo así, es gracias al funcionamiento de sus relojes biológicos. En su cuerpo hay neuronas que funcionan como auténticos relojes y que mandan señales de forma periódica para establecer unos ciclos circadianos, es decir, de alrededor de un día. Estos adaptan nuestra fisiología a la vida cotidiana: por ejemplo, hacen oscilar nuestra temperatura corporal o activan nuestro intestino. Pero aparte de varios relojes internos, el organismo cuenta con mecanismos para «poner en hora» estos relojes y ajustarlos al ambiente. Estos son, por ejemplo, la luz del día, las horas de las comidas o los horarios de sueño. Pues bien, si unos y otros se desajustan, por ejemplo a causa de un viaje transatlántico, no es extraño que sintamos malestar.

Aparte de todo esto, conocer cómo oscila el tiempo biológico en el organismo es una ventaja para varias cosas, como estudiar la fisiología o para saber cuál es el momento para administrar un tratamiento. Un estudio que se acaba de publicar en PNAS ha demostrado que es posible medir la «hora biológica», y compararla con la hora externa, con un sencillo análisis de sangre, al que han llamado «TimeSignature». La prueba, que mide los niveles de expresión (funcionamiento) de 40 genes, está pensada para ser usada por investigadores y por médicos, que podrían administrar tratamientos en los momentos más efectivos.

«Esta medida es mucho más precisa que averiguar si eres una persona vespertina o más bien un búho nocturno», ha dicho en un comunicado Rosemary Braun, directora de la investigación y científica en la Universidad del Noroeste (Illinois, EE.UU.). «Podemos evaluar la hora del reloj biológico de una persona con un margen de una hora y media».
Los relojes biológicos ajustan el funcionamiento del organismo al momento del día

Hasta ahora, las pruebas para averiguar la hora biológica se hacían a través de un laborioso método que consiste en tomar muestras de sangre cada ciertas horas, para analizar varios marcadores del reloj biológico. Pero con este nuevo método basta con tomar una muestra de sangre. El examen analiza los niveles de expresión de 40 genes y, a través de un algoritmo, establece el funcionamiento del reloj biológico con independencia de si ese día la persona estudiada ha dormido mucho o no.

Enfermedades relacionadas con el reloj biológico

Los autores de este estudio han asegurado que el test le servirá a los investigadores para averiguar si, por ejemplo, el reloj biológico se desajusta en enfermedades cardiovasculares o en diabetes. Más adelante, creen que podría ponerse a disposición de hospitales y ser usado por médicos para evaluar el estado de los biorritmos y, por ejemplo, optimizar el momento de aplicar los tratamientos.

«Esto es realmente una parte integral de la medicina personalizada», ha dicho Phllis Zee, coautor de estudio. «Muchos medicamentos tienen momentos idóneos para ser administrados. Conocer qué hora es en tu cuerpo es fundamental para conseguir los máximos beneficios. El mejor momento para analizar tu presión sanguínea o para someterte a la quimioterapia puede ser diferente en cada persona».

Este test ha sido posible gracias a estudios sobre relojes biológicos realizados por otros investigadores. También ha sido clave el diseño de una inteligencia artificial que aprendió a predecir la hora en función de patrones de expresión de genes. Se tuvo en cuenta un total de 20.000 secuencias de ADN, aunque solo 40 resultaron ser cruciales.

Los investigadores han resaltado que gracias a esto, se puede estudiar de forma más sencilla el reloj biológico de cada persona, «y analizar si un reloj desajustado está relacionado con alguna enfermedad o, lo que es más importante, si podemos predecir si alguien se va a poner enfermo», ha dicho Ravi Allada, coautor del trabajo.

De hecho, otros estudios ya han establecido una relación entre desajustes circadianos y la diabetes, la obesidad, la depresión, enfermedades cardiovasculares o asma.

Según Phyllis Zee, es posible tratar de poner en hora relojes biológicos desajustados, sincronizándolos de nuevo con el tiempo externo. Pero para ello, es clave poder saber cuál es su hora con facilidad: «Si no podemos medirlo, es difícil saber si hemos hecho el diagnóstico correcto. Ahora podemos medirlo como si fuera el nivel de lípidos en sangre».

abc.es

La obesidad altera los corazones de los jóvenes

Ya en la juventud, los IMC elevados aumentan la presión arterial y alteran la estructura del corazón, sentando las bases para una futura enfermedad coronaria

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Infinidad de estudios han demostrado que el sobrepeso y la obesidad se asocian a un mayor riesgo de desarrollo de enfermedades muy graves y potencialmente letales, caso de la diabetes, del cáncer y, sobre todo, de las patologías cardiovasculares, primera causa de mortalidad global con hasta 17,7 millones de decesos solo en 2015. Y es que es bien sabido que el exceso de peso se asocia a un endurecimiento y estrechamiento de los vasos sanguíneos. O lo que es lo mismo, a la aparición de la aterosclerosis. 


Sin embargo, es posible que esta aterosclerosis sea un efecto ‘tardío’ de la obesidad. De hecho, y según muestra un estudio dirigido por investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad de Bristol (Reino Unido), los corazones de los adultos jóvenes con un índice de masa corporal (IMC) elevado sufren unos cambios estructurales tan nocivos como irreversibles mucho antes de que sus vasos sanguíneos se vean irremisiblemente dañados.

Como explica Kaitlin H. Wade, directora de esta investigación publicada en la revista «Circulation», «de manera tradicional se ha considerado que el engrosamiento de las paredes de los vasos sanguíneos constituye el primer signo de la aterosclerosis, enfermedad causada por la deposición de placas de lípidos en las arterias y asociada a las enfermedades del corazón. Sin embargo, nuestros resultados sugieren que la obesidad provoca cambios en la estructura del corazón de los jóvenes que pueden preceder a estos cambios en los vasos sanguíneos».


Ya en la adolescencia

La aterosclerosis es una enfermedad causada por la deposición e infiltración de lípidos en las paredes de los vasos sanguíneos. El resultado es un ‘endurecimiento’ de las paredes de los vasos y la formación de unas placas –las consabidas ‘placas de ateroma’– que, además de dificultar un flujo adecuado de la sangre, pueden romperse y provocar un trombo –y, por ende, un infarto agudo de miocardio o un ictus–. De ahí la importancia de evitar el exceso de grasas –o lo que es lo mismo, de lípidos, caso sobre todo del colesterol– en la dieta. Ya desde la infancia, si bien los síntomas de la aterosclerosis no suelen manifestarse hasta la mediana edad. Entonces, ¿cuándo puede considerarse que el sistema cardiovacular se encuentra dañado? Y en este contexto, ¿el IMC tiene algo que ver?


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Para responder a esta pregunta, los autores han desarrollado el primer estudio para evaluar si los IMC elevados provocan un impacto negativo sobre el sistema cardiovascular ya en la adolescencia y los primeros años de la etapa adulta. Y para ello, analizaron los datos registrados de millares de jóvenes británicos de 17 y 21 años y completamente –o ‘aparentemente’– sanos.La obesidad provoca cambios en la estructura del corazón de los jóvenes que preceden a la aterosclerosis

Como refieren los autores, «los estudios observacionales pueden sugerir la existencia de una asociación entre los factores de riesgo y las enfermedades cardiovasculares, pero no pueden probar que exista una relacion de tipo ‘causa y efecto’. En nuestro trabajo hemos ‘triangulado’ los hallazgos alcanzados en tres tipos diferentes de análisis genéticos para descubrir cómo el IMC causa diferencias específicas en los parámetros cardiovasculares».

Los resultados mostraron que los IMC elevados provocan un incremento de las cifras de presión arterial, tanto de la distólica –PAS, que indica la presión sanguínea durante la contracción del corazón–, como de la sistólica –PAD, en la que se registra la presión cuando el corazón se encuentra en reposo.

Es más; los IMC elevados, o lo que es lo mismo, el sobrepeso y la obesidad, provocan un aumento –o ‘hipertrofia’– del ventriculo izquierdo, la principal cámara de bombeo del corazón.
Bases ‘asentadas’

En definitiva, tener un IMC elevado en la juventud aumenta la presión arterial y provoca daños en la estructura del corazón, sentando así las ‘bases’ para la aparción de una enfermedad cardiovascular en etapas más avanzadas de la vida.

Como concluye Kaitlin Wade, «nuestros resultados apoyan las intervenciones para reducir el IMC hasta niveles normales y saludables ya en la juventud para, así, prevenirla futura aparición de enfermedades coronarias».

Fuente: abc.es