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Hallada la razón por la que la proteína tau origina el alzhéimer

La proteína tau altera la estructura del ADN de las neuronas, lo que abre la puerta a la activación de transposones que en último término causarán la muerte neuronal.

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El alzhéimer es una enfermedad neurodegenerativa, es decir, causada por una destrucción progresiva de las neuronas cerebrales. Una enfermedad que, según han sugerido infinidad de estudios, se origina por la acumulación en el cerebro de placas de proteína beta-amiloide, altamente tóxicas para las neuronas. Sin embargo, las pruebas de imagen cerebrales han revelado que un gran número de personas cuyos cerebros portan una gran cantidad de estas placas no acaban padeciendo alzhéimer. 

Por tanto, parece que el origen de la enfermedad no puede explicarse por la presencia de placas de beta-amiloide. Debe haber algo más. Y según otras muchas investigaciones, este ‘algo más’ sería la proteína tau. Y ahora, investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad de Baylor en Houston (EE.UU.) han confirmado que, efectivamente, la proteína tau se encuentra detrás de la aparición del alzhéimer y, lo que es más importante, han descubierto el porqué.

Concretamente, el estudio, publicado en la revista «Cell Reports», muestra que la proteína tau altera la actividad de unas secuencias del ADN celular denominadas ‘transposones’, lo que provoca una inestabilidad genómica en las neuronas y, en último término, la degeneración y muerte neuronal.

Como explica Joshua Shulman, director de la investigación, «la inestabilidad genómica hace referencia a una mayor tendencia a presentar alteraciones en el material genético, o lo que es lo mismo, en el ADN, caso de las mutaciones. El resultado es que el genoma no funciona correctamente. De hecho, ya se sabe que la inestabilidad genómica supone uno de los principales desencadenantes de enfermedades como el cáncer. Así, en nuestro trabajo hemos analizado la posible conexión causal entre la acumulación de proteína tau en las neuronas y la consecuente inestabilidad genómica en la enfermedad de Alzheimer».

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La sospecha de una relación entre la presencia de proteína tau –generalmente formando ovillos neurofibrilares– en las neuronas cerebrales y la enfermedad de Alzheimer no es, ni mucho menos, nueva. No en vano, infinidad de estudios han constatado que la acumulación de esta proteína se asocia a una degeneración y muerte neuronal y, por ende, al desarrollo del alzhéimer. Sin embargo, lo que no se sabe es la razón por la que la proteína tau causa la muerte de las neuronas.

En este contexto, los trabajos llevados a cabo con tejidos cerebrales de pacientes afectados por enfermedades neurodegenerativas distintas del alzhéimer han sugerido que las neuronas no solo presentan una inestabilidad genómica, sino también la activación de transposones –o ‘elementos genéticos transponibles’– en su ADN.
La alteración del ADN de las neuronas por los agregados de proteína tau podría explicar por qué los transposones están activados en el alzhéimer

Como refiere Joshua Shulman, «los transposones son pequeñas secuencias de ADN que no parecen contribuir a la producción de proteínas. La verdad es que se comportan como virus: pueden hacer copias de sí mismos que serán insertadas en el genoma, lo que provocará la aparición de mutaciones que desencadenarán una enfermedad. Y si bien la mayoría de transposones son disfuncionales o permanecen ‘dormidos’, algunos pueden activarse en el cerebro humano en la edad avanzada o en la enfermedad. Así que lo que hicimos fue mirar si en el alzhéimer había alguna asociación entre la acumulación de proteína tau y la activación de transposones».

En el estudio, los autores cuantificaron los niveles de proteína tau en los cerebros de más de 600 personas fallecidas que habían sido sometidas a distintas pruebas de imagen cerebral durante las últimas décadas de sus vidas. Y asimismo, también evaluaron los perfiles de expresión genética de las neuronas cerebrales con objeto de identificar ‘señales’ que delataran la activación de transposones en su genoma.

Los resultados mostraron una fuerte correlación entre los niveles de proteína tau en las neuronas y la presencia de transposones activos. Un hallazgo que se suma a las evidencias previas que ya habían sugerido que la proteína tau puede alterar la arquitectura compacta del genoma y, por tanto, puede promover la activación de transposones –que permanecen inactivos en caso de que el ADN se mantenga ‘compacto’.

Como indica el director de la investigación, «el hecho de que los agregados de proteína tau pueda alterar la arquitectura del genoma podría ser uno de los mecanismos por los que los transposones se encuentran activados en el alzhéimer».

Genomas ‘infectados’

Sin embargo, los resultados solo muestran una asociación entre la proteína tau y la activación de transposones. Es decir, no demuestran que la proteína tau sea la causante directa de la activación de estos ‘elementos transponibles’. Así que lo que hicieron los autores fue recurrir a un modelo animal –moscas de la fruta– de enfermedad de Alzheimer para ver si era realmente así. ¿Y qué pasó? Pues que tras ‘colmar’ el cerebro de los animales de proteína tau, vieron que los transposones comenzaron a copiarse e ‘infectar’ el ADN de las neuronas.

En definitiva, puede concluirse que los agregados –esto es, los ovillos neurofibrilares– de proteína tau alteran la estructura compacta del genoma de las neuronas, lo que desencadena la activación de los transposones y, en último término, la degeneración y muerte neuronal.

Como concluye Joshua Shulman, «creemos que nuestro estudio ofrece una visión innovadora y potencialmente relevante para comprender los mecanismos de la enfermedad de Alzheimer».

Fuente: abc.es/ciencia

Eliminan el cáncer de mama gracias a las células T de la propia paciente

Una mujer de 49 años con cáncer de mama metastásico HER2 negativo –contra el que no funcionaron distintos regímenes de quimioterapia– se inscribió en un ensayo clínico diseñado para mediar la regresión del tumor en pacientes con cánceres epiteliales que desarrollan metástasis.

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Los autores de dicho ensayo, miembros del Instituto Nacional del Cáncer de EE UU, modificaron el sistema inmune de la paciente para eliminar por completo sus células cancerígenas. Los resultados se publican esta semana en Nature Medicine.

Según los investigadores, esta es la primera aplicación exitosa de la inmunoterapia con células T –un tipo de glóbulo blanco– para el cáncer de mama en un estadio tardío. “Esto supone un posible tratamiento para la última etapa de los tumores en los que han fracasado todas las terapias convencionales”.

Los enfoques inmunoterapéuticos clínicos más exitosos para tratar el cáncer son el bloqueo de puntos de control inmunitario y la terapia celular adoptiva. En el primero, las células T se activan dentro del cuerpo del paciente a través de anticuerpos inyectados.

En el último, las células T se toman de la sangre o la masa tumoral del paciente, y solo aquellas que reconocen el cáncer se cultivan y posteriormente se vuelven a introducir al paciente.

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El éxito de estos enfoques varía mucho entre los tipos de tumor. De hecho, hasta ahora los ensayos clínicos que utilizan inhibidores de puntos de control inmunitario habían demostrado ser ineficaces para tratar el cáncer de mama.

“Necesitamos un nuevo paradigma para la terapia del cáncer”, ha explicado a SINC Steven A. Rosenberg, autor principal del estudio. “Es probable que sean necesarios tratamientos altamente personalizados si queremos progresar en el tratamiento de tumores comunes”.

Para Rosenberg, este concepto de terapias altamente individualizadas (un medicamento único para cada paciente) puede ser lo que se necesita para tratar el cáncer de manera efectiva. “La complejidad del tratamiento asusta a muchos oncólogos que piensan que no es práctico. Sin embargo, al menos tres empresas están trabajando ya para desarrollarlo comercialmente”.

En este trabajo, los científicos aislaron y reactivaron las células T de esta paciente cuyo cáncer de mama metastásico estaba progresando a pesar de las terapias utilizadas. Estas células T reactivadas eliminaron todas las lesiones metastásicas, dejando libre de enfermedad a la mujer tras dos años desde el tratamiento.

Los autores han realizado una caracterización molecular de esta terapia dirigida, que ayuda a detener el crecimiento y la diseminación del cáncer atacando proteínas o genes específicos.

Tal y como concluyen en el estudio, esto les permite “estimar altas probabilidades de éxito en otros pacientes con cáncer de mama, aunque deberá confirmarse en ensayos clínicos más grandes y controlados”.
 
Fuente: SINC/Verónica Fuentes

El consumo de carne procesada se asocia con empeoramiento de la función física

En un reciente trabajo, expertos del departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) (España), encontraron que personas con una ingesta elevada de carnes procesadas tienen un 30% más probabilidades de empeorar su función física, en comparación con otras personas que apenas consumen este tipo de alimentos. 

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Sin embargo, el consumo elevado de carnes rojas o carnes blancas no se asoció a empeoramiento de la función física.

La carne es un alimento con un contenido elevado de proteínas de alta calidad, que mejoran la función muscular, pero también contiene una cantidad considerable de grasas saturadas y trans, especialmente si es carne procesada.

“Los resultados sugieren que el efecto beneficioso de las proteínas de calidad de la carne desaparece si esta carne es procesada, lo que incremente su contenido en grasas no saludables, sodio y nitritos”, asegura Ellen Struijk, investigadora Juan de la Cierva y primera autora de este trabajo.

Esta hipótesis, explica Struijk, se ve reforzada por resultados adicionales, “en los que al calcular el efecto de reemplazar las carnes procesadas por otros alimentos que también aportan proteínas, como pescado, legumbres, lácteos o frutos secos, se observa que la probabilidad de deterioro de la función física disminuye”.

El trabajo, publicado en BMC Medicine, se fundamenta en bases de datos procedentes del Estudio Seniors-ENRICA, que inició en 2008 recogiendo información de 3.289 personas mayores de 60 años.

(Foto: Pixabay)

En concreto, se les preguntó por sus características sociodemográficas, estilos de vida y problemas de salud. Además, se fue a sus hogares para que personal de enfermería les realizases diferentes tests de función física: velocidad de la marcha, capacidad de levantase de una silla y capacidad de equilibrio. Además, se les preguntó si eran capaces de transportar el cesto de la compra, subir un piso de escaleras o andar varias manzanas. Después de 5 años se volvió a sus hogares para volver a medir todas estas variables.

“La carne es una buena fuente de proteínas de alta calidad. Sin embargo, su efecto beneficioso se pierde en las carnes procesadas”, señala Esther Lopez-Garcia, profesora del departamento de Medicina Preventiva de la UAM y autora senior del estudio.

“Para disminuir el riesgo de deterioro de la función física es importante tener una dieta saludable, en la que las fuentes principales de proteínas sean el pescado, las legumbres, los frutos secos y las carnes no procesadas”, concluye la experta. 

Fuente: UAM

El ser humano está causando cáncer a muchas especies

El impacto que los seres humanos realizamos sobre las especies con las que compartimos planeta es enorme, y ocurre de maneras inesperadas.

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Un tumor crece en la boca de este demonio
Un ejemplo lo encontramos en un estudio reciente, que demuestra que causamos cáncer en un gran número de especies a lo largo y ancho de la Tierra.

Porque aunque pueda sorprender, el resto de miembros del reino animal también puede desarrollar cáncer. De hecho, en tantas especies como se han buscado tumores se han encontrado. De momento, ninguna se escapa.

Torre de refrigeración de la planta nuclear de Golfech, cerca de Toulouse, Francia. REUTERS/Regis DuvignauMás

Y las maneras en que la acción del ser humano provocan tumores en otras especies van de lo obvio a lo sorprendente. Empezando por el primer tipo, los investigadores han comprobado que distintos animales desarrollan cánceres a causa de la contaminación de la atmósfera. Como nosotros.

Los humos de coches, viviendas, fábricas y otras estructuras humanas liberan a la atmósfera sustancias capaces de provocar mutaciones, y por tanto cánceres. En nosotros y en el resto de fauna, de eso no se escapa nadie.

También por radiación, como la que se libera de centrales nucleares y situaciones similares. En grandes catástrofes, como la de Chernobil. Pero también en pequeñas dosis, o por la gestión de sustancias de baja radiactividad.

Ninguno de estos dos factores deberían resultar sorprendentes. Lo que sí puede serlo más es el hecho de que una causa de cáncer en la fauna sea la baja diversidad genética. Que en muchas especies se da tal situación como resultado de presiones, directas o indirectas, del ser humano.

¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? La endogamia, entendida como reproducción entre individuos emparentados, tiene una influencia importante en determinados tipos de cáncer. Si los parentales pertenecen a la misma familia, aumentan las posibilidades de que ciertas combinaciones genéticas aparezcan. Y algunas de ellas provocan una tendencia mayor al desarrollo de tumores, entre otras cosas.

El último factor que queda por comentar puede sorprender a más de uno. Se trata de la alimentación. La fauna cada vez tiene menos hábitat natural en donde vivir, lo que hace que se acerquen a zonas urbanizadas, bien rurales o directamente ciudades.

Pero claro, en estos entornos no encuentran comida como lo harían en sus hábitats naturales, lo que les obliga a recurrir a alimentos humanos, desde restos de basura a recursos que gentes bien intencionadas – si es correcto o adecuado sería otro debate – les puedan dejar. Los conservantes, químicos y demás sustancias que llevan incorporadas estas comidas pueden ser perfectamente seguras para nosotros, y no serlo para la fauna. De hecho, así ocurre en muchos casos.

Visto así, puede parecer todo muy negativo y catastrofista. Y en parte puede que lo sea. Pero al menos saber el impacto que tenemos nos puede encaminar hacia formas de reducirlo.

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